jueves, 29 de marzo de 2012

Miedo a la Oscuridad.

Tengo bastantes temores. La mayoría son irracionales y pueden ser refutados mediante los razonamientos más básicos. Pero lo que más me asusta es que se atente contra el entendimiento y razón humanos. Temo más a eso que a la escasez de recursos, alguna enfermedad incurable u otro tipo de crisis. Es por eso que aborrezco tanto las sectas, religiones y demás grupos coercitivos. Me parece de temer que se quiera encaminar nuestra línea de pensamiento por uno u otro sendero equivocado, por diversos medios y con dudosos fines.

Creo que es mucho más grave la coerción psicológica que el daño físico.

Secta de la Cienciología en México.

martes, 27 de marzo de 2012

Internet.

Suelo conectarme a Internet de dos a cuatro horas, pero no más de eso. Creo que es un periodo de tiempo razonable e intento aprovecharlo lo mejor posible, aunque no me conecto religiosamente todos los días.

Afortunadamente no pertenezco a la llamada generación «nativa digital» y no dependo enfermizamente del mundo  «online». Me encanta, por supuesto. Es una fuente de información infinita y un medio de comunicación y expresión excelente con un gran alcance. Pero no nací conectado a este medio y sé que hay una vida fuera de él. No así los cautivos digitales, para quienes este medio es imprescindible.

Ahora se leen y escuchan muchos comentarios derogatorios hacia quienes no tienen un perfil en Facebook o Twitter. Para estos cautivos digitales es inconcebible que exista alguien libre de estos medios. Creo que el peligro de esta generación es que sería fácilmente insertada en un sistema de control al más puro estilo de una distopia Orwelliana, y lo peor, se entregaría feliz y voluntariamente a él.

Según mi percepción, las redes sociales, siempre violando la privacidad de sus usuarios (y éstos proporcionando el mínimo dato sobre sí mismos), son micro-ensayos de ese hipotético Nuevo Orden Mundial.

lunes, 26 de marzo de 2012

Y fueron felices para siempre...

El final feliz es sólo un engañoso espejismo que oculta una terrible fase de progresiva decepción. Darse cuenta que la persona sólo mostraba su «mejor» faceta, no la real. Luego, pequeñas acciones que uno no sabe si son accidentales o intencionales, pero molestan.

Lastimosas indirectas que apremian a modificar algo en nuestra conducta que a la otra persona le resulta chocante pero no se atreve a señalar abiertamente. Esos insignificantes pero claramente perceptibles comentarios maliciosos que alimentan un odio que tarde o temprano se manifestará incontenible. Una silenciosa guerra psicológica.

Eso aguarda después del final feliz...


¡Ha-ha-haaah!