domingo, 21 de agosto de 2011

Ser olvidado.

Solía auto-engañarme con el supuesto convencimiento de que no necesitaba de nadie. La soledad me hizo creer que no tenía vínculos emocionales. Al procurar la distancia física pensé que permanecería libre del aprecio o rechazo ajenos.

Pero la soledad no me ha librado de entablar lazos emotivos. Después de todo, por más que quiera uno desterrar de sí todo sentimiento de cariño, basta que alguien se nos acerque e insista en conocernos para volver a caer en la trampa.

Porque el interés se torna mutuo, sin darnos cuenta. Luego la balanza se inclina al lado opuesto: aquella persona se aleja gradualmente. Entonces nos topamos con una indiferencia que no esperábamos.

Y uno se inventa razones de ese alejamiento. Esa persona necesita estar sola un tiempo, o no se encuentra de humor. Las teorías comienzan a ser más elaboradas; después intentamos que tengan relación con la realidad. Queremos entender por qué.

Por qué una persona que nos prodigaba interés, de repente nos ignora. Es notable el efecto de una migaja de aprobación en un hombre solitario. Se admira ante la mínima validación de su persona y se turba cuando su existencia deja de ser confirmada.

Enfrascados en nuestras elucubraciones, nos sentimos tentados a preguntarle directamente a esa persona la razón, sin que note el reproche. A veces uno teme ahuyentarla más al interrogarle, pero es más terrible la incertidumbre que la verdad.

Muchas veces no habrá respuesta. Otras, recibiremos respuestas ambiguas, vacilantes. Es de agradecer la franqueza aunque de momento nos conmueva. Pero no hay respuesta más patente que la que se halla implícita en el alejamiento.

Es simple: si bien por un tiempo fuimos importantes para esa persona, ahora no le interesamos más. De nada sirve rumiar en ello. La gente cambia, se interesa por otras cosas. Busca nuevas personas y vivencias con las cuales enriquecer su vida.

Toma tiempo asimilarlo, si somos de condición reticente a los cambios. Cada persona tiene derecho a elegir con quienes compartir momentos, y también a descartar a quienes ya no aporten mucho a su vida. ¿Por qué lamentarse por ello?

No hay mejor cura que la aceptación. Pero ésta debe ser de fondo, no una resignación caprichosa que encierre rencor a quien nos ha abandonado. Después de todo, uno también tiene una vida y a sí mismo. Jamás hay que olvidar eso.

Es momento de realizar un pequeño duelo. Y despedirme, en mi interior, de aquellos que aparecieron en mi vida efusivos y desaparecen ahora furtivos. Les deseo felicidad y realización completas. Les agradezco tan valioso fragmento de sus vidas.


miércoles, 10 de agosto de 2011

Impaciencia del Corazón, Stefan Zweig.

Terminé de leer, por cuarta o quinta vez, Impaciencia del Corazón, de Stefan Zweig. Simplemente no lo supero; es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Tiene algo que me atrapa poderosamente. Son los personajes y la interacción entre éstos; las situaciones, tan humanas como extraordinarias; los procesos internos de Anton Hofmiller, tan similares a los míos, pero bellamente esbozados. Esa vulnerabilidad que permea el libro entero.

El libro es herencia de mi madre. Permaneció durante años acumulando polvo sobre la repisa. «Un libro viejo, aburrida literatura, pesada y obsoleta» pensaba inconscientemente cuando acaso leía el título de soslayo. Qué equivocado estaba. Dicen que los libros en general tienen sus partes buenas, sus partes malas. Impaciencia del Corazón rompe con esa arbitraria regla: es exquisito de principio a fin.

Un día lo escuché mencionar en un programa de radio. Una reseña vaga, pero que llamó mi atención. Por entonces comenzaba mi afición a los libros. Así que lo despojé de la tranquilidad en que por años reposaba y le di la oportunidad. O más bien, el libro me brindó el privilegio de regocijarme con sus páginas. Es pecado permanecer ignorante de las joyas que uno guarda en casa.

No podría rendirle justa reseña; no me alcanza el intelecto ni las palabras. Pero sí que merece mi reconocimiento, un pequeño tributo de mi parte. Pocos libros me han conmovido como ha hecho éste, que me hizo llorar la primera vez que lo leí. Más que una novela, es una sutil exploración al alma humana y sus debilidades. Stefan Zweig dota a sus personajes de una fragilidad que estremece.

Desde el punto de vista del condecorado Anton Hofmiller, quien se confiesa ante un recién conocido en una reunión, nos adentramos en su historia, de la cual han pasado ya varios años. Él, «joven e inexperto» teniente de 25 años, conoce en vergonzosa situación a Edith von Kekesfalva, una chica de 16 años. A raíz de la desafortunada circunstancia, que él se siente comprometido a compensar, surge una amistad basada en la compasión, sentimiento que le arrastra una y otra vez en contra de su voluntad.

Su calculada existencia en el regimiento, así como su gris vida interior, comienzan a ceder terreno a las nuevas experiencias (la charla amena con dos personas del sexo femenino) y emociones (el dar cariño y sentirse apreciado) en la mansión von Kekesfalva. Pronto su vida comienza a estrecharse con la de sus habitantes, más allá de lo que hubiese previsto.

Si bien Hofmiller es el personaje principal, cada personaje es entrañable. No existe carácter plano; si acaso unos mejor delineados que otros.  Lajos von Kekesfalva, misterioso al principio, se va descubriendo tan humano y frágil, atribulado por la tragedia de su hija. Edith, arrebatada, impetuosa, desesperada; anhelante de algo más que compasión. El doctor Condor, quien se nos presenta como despreocupado, resulta ser un gran hombre, que no abandona a nadie, vive entregado a los demás y está dispuesto a sacrificarse. Incluso los compañeros de Hofmiller, personajes secundarios, tienen su «magia».

La forma en que Stefan Zweig describe los detalles y sutilezas es precisa y bella (también le corresponde mérito al traductor, Alfredo Calm). No solo nos hace palpar cada suceso. También nos hace saborear las tensiones, goces, incomodidades, orgullo y dudas que experimenta Hofmiller en cada uno de ellos. En esa riqueza de detalles psicológicos descansa la profundidad de la historia que, si uno se deja llevar, es casi vivencial.

"...Sólo las cabezas huecas se sienten felices al obtener «éxito» cerca de las mujeres; sólo los necios se ufanan a causa de ello. Un hombre de verdad quedará más bien abrumado al comprender que una mujer está loca por él, sin que pueda corresponder a su sentimiento..."

Stefan Zweig.

martes, 9 de agosto de 2011

Lo que rehúye.

En este momento, la voluntad de mi cuerpo es descansar. Llevo días arrastrando un cansancio cuyo origen desconozco. Comienzo a sospechar algún tipo de enfermedad; posiblemente una anemia.

 La voluntad de mi alma es escribir, decir algo, pero no sé qué. Vivo con una especie de obstrucción psicológica. A tres años de escribir regularmente sobre mis anhelos y pesares, siento que no he dicho lo esencial. Eso, tan importante, se me escapa. Se encuentra dentro de mi pero me es intangible; sin embargo quiere salir.

Y no sé por qué, pero también tengo la necesidad de que aquello sea leído por otros. ¿Por qué, si le temo a la opinión pública? ¿Por qué tiendo a exponerme a la vergüenza haciendo público mi diario personal? ¿Por qué me reto de ese modo? Creo que en el fondo he concebido que no tiene mucho sentido tanto expresarse sólo para uno mismo.

Pero, ¿a quién pueden interesarle los soliloquios de un tipo mediocre? Soy uno de tantos seres sin relieve que buscan darse su pequeña importancia, que aspiran a algún tipo trascendencia. Pero esa gloria está reservada para individuos destacados. Que un hombre como yo la busque resulta un poco triste y patético. Supongo que es la tendencia de todo ser humano, ser valorado de algún modo.

Me he llegado a arrepentir de escribir tanto. Tantas palabras que no dicen nada. Es como si nada de lo que yo dijera pudiese tener valor alguno. Pero no lo puedo evitar. Quizá sea el ocio o la monotonía lo que me mueven a ello. Pero siento que es algo más fundamental. Es una carencia interna, un vacío profundo que busca colmarse. Como dije hace tiempo, «escribir es auto-conocimiento».

Existen teorías que dicen que darle juego a las emociones las magnifica desproporcionadamente y produce una pérdida de fuerza interior, convirtiéndonos en seres sin dominio propio y víctimas de nuestro propio torrente emocional. Otra teoría sostiene que «desahogarse» es necesario, a fin de darle salida a sentimientos que pudieran intoxicarnos y hacernos más daño si permanecen reprimidos en el fuero interno.

Creo que ambas ideas son ciertas hasta cierto punto. Es decir, podemos articular nuestros procesos emocionales en palabras con el propósito de observarlos y comprenderlos, sin que por ello nos volvamos adictos a una eterna catarsis. Pero creo que no me corresponde ahondar en esto, pues no soy psicólogo sino un hombre común que necesita y quiere manifestarse libremente de vez en cuando, en busca de algo que no ha dicho aún.